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El agua, más preciada que el petróleo

En pleno siglo XXI nos preocupan los suministros de petróleo, pero hay otro recurso, que sí es vital, cuyo valor no se ha tomado en serio o no hasta hace algunos años: el agua potable. Por tanto, el valor real del petróleo es cuestionable. El mundo vivió sin él durante miles de años, y si nos viéramos forzados a hacerlo, es probable que nosotros también pudiéramos prescindir de él. Podríamos hallar otras fuentes de energía, podríamos desarrollar combustibles sintéticos, podríamos sustituir y modificar… ¡vaya! podríamos sobrevivir sin el petróleo. Pero con el agua potable, ¡no ocurre lo mismo!

La vida depende de ella. Nuestros cuerpos están compuestos principalmente de agua. Necesitamos agua pura para seguir con vida: agua para beber, para bañarnos, para cultivar alimentos. No existe el agua artificial ni el agua sintética. Tiene que ser real y auténtica.

Y aunque hay suficiente agua en la Tierra —75 por ciento de la superficie de nuestro planeta está cubierto de agua y contamos con grandes cantidades en el subsuelo— el problema es que no toda el agua es “pura”; el agua limpia y potable es cada vez más escasa y se vuelve complicado llevarla a las grandes ciudades, y abastecer la necesidad de toda la humanidad.

Según estimaciones, el agua potable disponible para uso humano de toda la contenida en el planeta Tierra es apenas como una gota en un inmenso recipiente.

Aproximadamente 97% de toda el agua de nuestro planeta es agua salada. De la que queda, un poco más de dos por ciento está congelada en las regiones polares. Esto quiere decir que disponemos de menos de uno por ciento del agua dulce del subsuelo y la superficie, para todo el consumo humano.

Sin embargo, el problema no es la mucha o poca cantidad de agua dulce en nuestro planeta, ya que actualmente bastaría para el suministro de una población varias veces superior a la población mundial actual… el suministro global es deficiente, y no es suficiente para responder a las necesidades actuales de la humanidad ya que la población ha crecido demasiado en comparación con el suministro local del vital líquido.

No sólo hay demasiada gente para el agua disponible, sino que además tres cuartas partes de la población rural mundial y una quinta parte de los habitantes de las ciudades, no tienen un suministro adecuado de agua. Millones de mujeres gastan buena parte del día caminando 15 kilómetros o más, sólo para conseguir agua suficiente para beber y cocinar.

Las sociedades que han disfrutado de un suministro adecuado de agua potable han tenido la tendencia de no apreciarla. Se abre la llave y el agua corre. Hemos tenido agua para bañarnos, lavar el carro, regar el jardín, dar de beber a los animales, impulsar la industria, mantener la agricultura y cumplir miles de funciones adicionales, desde el llenado de colchones de agua hasta el acarreo de las aguas negras.

Los que siempre hemos tenido agua, como el aire que respiramos, tal vez nunca hemos considerado que es algo que podría llegar a faltarnos, finalmente, siempre es mejor pensar que así ocurrirá para evitar que llegue ese fatídico momento, pero las nuevas generaciones debemos estar conscientes de la importancia de cuidar el vital líquido, y no desperdiciarlo ya que nuestras acciones locales tienen implicaciones mundiales.

La abundancia de petróleo puede ser detonante de una guerra, pero podría ser más amenazante la escasez de agua. Por ejemplo, los países de África y del Medio Oriente comparten suministros de agua —cuya importancia es de vida o muerte— por medio de tenues acuerdos, compromisos y, algunas veces, franca intimidación. Si una nación opta por desviar o cortarle el suministro a otra, estará coqueteando con la guerra. La arteria vital de Egipto es el Nilo, gran parte del cual tiene su origen en Etiopía. Luego que sale de aquel país corre a lo largo del Sudán. El Nilo no tiene agua suficiente para satisfacer las necesidades cada vez mayores de estos tres países.

Arabia Saudita y los países del Golfo Pérsico no tienen una fuente de agua adecuada y segura para la demanda presente y futura. ¡La situación es muy grave!

La demanda de agua en Israel también aumenta más rápido que el suministro de la misma. Según parece, ha alcanzado el límite en cuanto a la explotación de las fuentes de agua dulce. Los ríos Jordán y Yarmuk deben ser compartidos por Líbano, Siria y Jordania, países donde nacen. Y se ha extraído tanta agua de los depósitos subterráneos, que el agua salada está empezando a llenar el vacío.

El ciclo natural del agua (Eclesiastés 1:7) está siendo alterado por el ser humano en su afán por el modernismo, lo que ocasiona un grave impacto en la naturaleza, por lo que al retorno de nuestro Señor Jesucristo, Él se encargará de castigar a quienes destruyen la Tierra (Apocalipsis 11:18).

Sin lugar a dudas el agua potable desempeña un papel importantísimo en los acontecimientos del orden internacional, es por ello y debido a su vital importancia para la existencia humana, que en 1993 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptó el 22 de marzo como el Día Mundial del Agua para concientizar a la población sobre la conservación y desarrollo de los recursos hídricos.

Si el mundo y las organizaciones que no basan sus principios en las leyes de Dios son capaces de dedicarle un importante esfuerzo para la conservación y cuidado del agua, cuánto más nosotros que como hijos de Dios debemos cuidar el vital líquido, porque vendrán días dice el Eterno, que castigará a las naciones cortando el suministro de agua a aquellas naciones que no le obedezcan (Deuteronomio 11:16-17).

Jóvenes, reflexionemos sobre esto. Cuando las naciones aprendan a obedecer a Dios, no habrá más escasez de agua, la lluvia vendrá a tiempo, porque el tener este líquido es una bendición de nuestro Creador (Ezequiel 34:26), no habrá necesidad de complicados sistemas de riego y de enormes represas con todos sus inconvenientes. Pero mientras ese momento llega, demos buen testimonio al mundo como hijos de Dios cuidando y administrando de manera adecuada el agua potable, como un beneficio para toda la humanidad.

—Por Jorge Ivan Garduño

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