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La parábola del buen samaritano, una lección espiritual avanzada

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Por Pablo Seura

¿Quién no se ha conmovido con un acto de ayuda desinteresado a alguien en necesidad? Ya sea al verlo en un video o presenciarlo en vivo, es casi automático pensar que al vernos nosotros envueltos en una situación similar, haríamos el mismo servicio de manera innata. Pero, ¿será así? ¿el servicio o la necesidad urgente de dar de nuestro tiempo o recursos es una especie de reflejo natural que todos podemos hacer como parpadear o hablar? ¿o es en realidad una obra que no es fácil de hacer y qué sólo podemos hacerla un hábito luego de un arduo aprendizaje, parecido a una preparación profesional avanzada?

Si todo el mundo cumpliera el mandato de amarse el uno al otro, como Jesucristo ordenó, este mundo sería completamente diferente. La parábola del buen samaritano es un ejemplo claro de que el servicio a los demás es crucial para ayudar o salvar la vida de una persona necesitada y que, de la misma manera, un sentido desarrollado de ayuda al prójimo no es un acto innato en el ser humano.

La parábola se encuentra en el libro de Lucas, donde se relata una historia quizás ficticia, pero que aclara totalmente la pregunta que un joven le hace a Jesucristo acerca del amor al prójimo. En Lucas 10:30-35 leemos: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.  Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.  Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese”.

Un hombre moribundo a manos de ladrones, en aquel tiempo, no era un evento que escapaba de lo habitual. En ese entonces existían una gran cantidad de lugares en donde la seguridad y el orden público eran bien escasos y la crueldad era parte del día a día. Si un evento de esta categoría no se presentara de forma habitual, sin duda hubiera llevado al sacerdote y al levita a actuar tal vez de una manera inmediata. Aquel ejemplo de la parábola seria comparable, hoy en día, al de encontrar a algún vagabundo o una persona pidiendo ayuda con desesperación. El efecto es el mismo: son ignorados por muchas personas, incluso por cristianos entendidos.

La más bella lección de esta parábola es el instantáneo sentido de empatía que llevó al samaritano a conmoverse y tener misericordia. Es muy difícil, o casi imposible, desarrollar ese tipo de empatía de la noche a la mañana sin haber experimentado situaciones de necesidad o de prueba. Es decir, el samaritano estaba plenamente consciente de lo que significaba estar personalmente en un evento parecido.

El servicio y la ayuda al prójimo es un acto complejo que involucra el ponerse en el lugar de aquella persona y comparar sus necesidades con las propias; el de mirarse a uno mismo y decir: “si yo estuviera así ¡que daría por tener sólo lo necesario para salir del problema o que alguien se apiade de mi condición para ayudarme!” Es un análisis interno que pone en evidencia lo que en verdad tiene valor para nosotros y nos propone el desafío de estar dispuestos a ceder lo que tenemos, a pesar de lo mucho que nos ha costado obtenerlo o lo mucho que lo apreciamos.

Por lo anterior, ¿podría usted decir que cualquier persona podría relacionar estas afirmaciones y actuar en consecuencia para ayudar a un completo desconocido como un acto innato? Sin duda que no. El acto del buen samaritano es el resultado de varios encuentros en situaciones similares o de vivencias personales de necesidad o incluso de haber sido víctima de ladrones al igual que el hombre herido. Cualquiera que haya sido la experiencia de este samaritano, sin miedo a equivocarnos, podríamos decir que era un hombre experimentado en el dolor y entendido en el servicio. No solo reaccionó con prontitud, sino que tenía también los materiales requeridos para tratar las heridas y conocía el cuidado necesario para tratarlas, también disponía de su tiempo y dinero para que a aquel hombre desafortunado no le faltara nada para salir de su calvario. Es decir, era como si el samaritano supiera que algo así iba a pasar —tal vez ocurría constantemente— y tenía que estar preparado para ello.

Si analizamos con más profundidad y comparamos los actos de este hombre “gentil” a los de un profesional de cualquier área, no solo sería alguien entendido y calificado, sino también con la experiencia y los sentidos agudizados.

Según nos describe esta hermosa parábola, el poder dar un servicio genuino de amor al prójimo no requiere solamente de méritos, sacrificios y prácticas, como lo sería para aspirar a una licencia de abogacía o medicina. En este evento se requirió algo superior en donde ni siquiera el conocimiento y dominio de las leyes de Dios son suficientes. Se requirió de misericordia y de amor, además de las habilidades y del conocimiento. Esto es cristianismo avanzado.

Casi al terminar el relato, en el versículo 36, Jesucristo comienza a testear al joven para ver si entendió el sentido de la historia: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? En el 37 el joven le responde: “El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo”.

¿Podremos después de leer este artículo hacer un acto de misericordia similar por nosotros mismos? Podremos solamente realizarlo después de dedicarnos en cuerpo y espíritu a desarrollar una fuerte empatía por nuestro prójimo teniendo como referencia, en cada detalle, los actos del protagonista de esta profunda y conmovedora historia. Porque de lo contrario, tal como le ocurrió al sacerdote y al levita, nuestra reacción más probable será la de mirar y pasar de largo.

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