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Salgamos de las trincheras

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Por Matías Carvajal

La Gran Guerra. Los alemanes estaban arrasando por el frente occidental, pasando por Bélgica que nada pudo hacer, luego llegaron a Francia con resultados similares, hasta que se recibieron los refuerzos de la Fuerza Expedicionaria Británica, compuesta por cinco divisiones experimentadas. Ahora sería posible enfrentar al enemigo, pero no sería fácil. La batalla se estancó, quedó inmóvil, se convirtió en una guerra de desgaste, de tiempo, donde el enemigo intentaría, por cansancio, disminuir las fuerzas del otro. Ya no había esperanzas de acabar la guerra en pocas semanas. Los soldados comenzaron a cavar trincheras para resguardarse. Dichas trincheras condenaron a los franceses e ingleses a pelear un combate horrible, lleno de enfermedades, penurias y muerte.

La vida en las trincheras era infernal, ya que además de vivir en un constante peligro de los disparos de fusiles y bombardeos alemanes, los soldados debían enfrentarse a la lluvia y al lodo. El barro se estancaba en el fondo y complicaban los desplazamientos. En el invierno el frío era una tortura. Dentro de los refugios, las ratas correteaban por doquier y se alimentaban de las inmundicias y de los muertos. Los piojos atormentaban a los soldados, además no existía la posibilidad de asearse, no había sanitarios en buen estado, por lo que se provocaron variadas infecciones y enfermedades, las cuales se transformaron en los principales asesinos, junto con el frio.

De forma paralela se llevaba a cabo otra gran guerra, un gran combate que perdura hasta el día de hoy, pero esta no era una batalla sangrienta ni física como la Primera Guerra Mundial. Esta otra guerra es espiritual, que ha llevado a los cristianos a pelear por milenios. Esta gran guerra no es contra otros hombres, sino contra nosotros mismos y contra seres espirituales: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:11-12). A diferencia de todas las guerras que han existido entre naciones, ésta tiene un propósito mayor: destruir la posibilidad de que los hombres sean parte de la familia de Dios.

Sin embargo, hemos podido ver a través de nuestras familias, amigos y conocidos que esta guerra es una que ha provocado muchas bajas, con victorias y derrotas. Hay una gran potencia enemiga que busca nuestra eliminación y nuestra muerte. Ciertamente ésta no es una guerra que lleva a cabo cualquier persona. Esta guerra, en este tiempo, es contra los verdaderos seguidores de Dios, y nosotros jóvenes somos parte de esta guerra.

Pero, ¿por qué deberíamos luchar en esta guerra espiritual? ¿No es más fácil dejarla a un lado y vivir como todos los demás? Necesitamos convencernos de que esta guerra debe ser luchada y debe ser ganada. Sin convicción no se puede ganar.

La humanidad ha pasado miles de guerras, hambrunas, pestes, desgracias, etcétera. Casi todo esto ha sido producto de la codicia y los pecados del hombre.

Esta situación de codicia y pecado no cambiará por esfuerzos humanos en esta época moderna. El hombre sigue actuando igual, sigue pensando de igual manera que en el pasado, aunque existan muchas religiones. Ellas sólo muestran el camino a la paz en base a filosofías humanas. Así el sufrimiento no cesará.

En cambio, en la Iglesia de Dios tratamos de seguir el verdadero camino a la paz, la práctica de las leyes de Dios. Si nosotros cumplimos estas leyes podremos llevar a cabo el propósito por el cual estamos en esta tierra: el formar parte de la familia de Dios, de ser sus hijos y de vivir todos en amor, paz y armonía. Sin embargo, para lograr este propósito es necesario luchar para formar el carácter de Dios en nosotros.

Para luchar necesitamos armarnos y ganar fuerzas, de lo contrario el enemigo será más fuerte que nosotros y así no podremos avanzar ni triunfar en esta guerra. El primer paso para ganar la guerra es decidirse a luchar. Es importante que estemos convencidos si ésta es nuestra batalla o no. Respondamos las siguientes preguntas: ¿voy a la Iglesia tan sólo porque mis papás me llevan? ¿Es éste mi camino? ¿Lo quiero seguir para siempre? Si la respuesta es afirmativa, es muy probable que ya nos hayamos dado cuenta que por nosotros mismos es imposible ganar la guerra. Nuestras fuerzas son mínimas en comparación a las del enemigo.

Debemos pedir fuerzas a Dios. Él es el único quien nos puede brindar la fuerza necesaria. Filipenses 4:13 nos dice: “todo lo podemos en Cristo que me fortalece”. Para recibir las fuerzas de Dios es estrictamente necesario que oremos a diario, que estudiemos la Biblia cada día y que leamos los artículos de la Iglesia. También es necesario congregarnos cada sábado con la Iglesia. Si no hacemos esto, nuestras fuerzas se disminuirán y el pecado nos vencerá.

El pecado nos estanca, no nos deja avanzar. Cuando pecamos, nosotros mismos cavamos nuestras propias trincheras. Así caemos en hoyos de los cuales se nos hace muy difícil salir, especialmente cuando dejamos que pase el tiempo. En la estancia en estas trincheras nos pueden llegar más enfermedades, más pecados que terminan quitándonos la posibilidad de cumplir nuestra meta: “Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5).

Por lo tanto, es muy necesario que cortemos el pecado de nuestras vidas, que nos curemos de las enfermedades espirituales y salgamos de nuestras trincheras, para así seguir en la guerra y poder ganarla.

Esta guerra no es fácil. Una vez más menciono: debemos acercarnos a Dios a través de la oración, del estudio de la Biblia, del contacto con la Iglesia. Además, debemos ocupar el recurso del ayuno que desata ligaduras y nos libera de las cargas que nos impiden salir de las trincheras.

La guerra que estamos peleando los cristianos es la más importante en la historia de la humanidad. También ha sido la más larga y la más trascendental, porque está en juego el destino del mundo.

Sabemos de antemano el final de esta guerra: Dios acabará con el enemigo, con todas las huestes de maldad y su perversa influencia. La pregunta es: ¿seré yo parte de ese equipo? ¿De esa familia? ¿Ganaré esta guerra? Cada uno tenemos la oportunidad de ganar la guerra, como dice Efesios 5:15-16: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”. Que no nos derroten nuestras propias trincheras …mejor salgamos de ellas.

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