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Un engaño perfecto

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Hace poco vi un video de Ted talks en donde relataban una muy elaborada broma acerca de una nueva terapia alternativa usando el “gran potencial curativo” de los excrementos. La broma comenzó como una página web que promocionaba productos falsos de imanes mezclados con excrementos llamados la feco-magneto-terapia con falsos nombres de científicos y falsos fundamentos. Para sopresa de los creadores de la broma, esta terminó siendo un sorpresivo éxito que atrajo a compradores, compañías y organizaciones de medicina alternativa que los contrataron para entregar conferencias en varios eventos junto a otros “especialistas” en el area. Pero, lo más sorprendente de todo esto no fue la broma en sí, sino el hecho de que en todo este proceso, no hubo una sola persona que se opusiera, o por lo menos cuestionara algo de lo que estos bromistas ofrecian. El video terminó con la siguiente reflexión por parte de uno de los bromistas: “somos muy exigentes a la hora de hacer cumplir los horarios del transporte público o del aire que tiene una bolsa de patatas… también deberíamos ser igual de exigentes a la hora de hacer cumplir las leyes que rigen nuestra salud, porque la permisividad que tienen las terapias alternativas, a algunas personas les ha costado la vida”.

Esta charla no solamente me puso a pensar en las innumerables amenazas físicas a las que posiblemente somos víctimas a manos de hombres y mujeres con grandes habilidades en el engaño, sino también y mucho más, en las amenazas espirituales provocadas por el mismísimo inspirador de la maldad: el padre de la mentira, Satanás.

Por medio de la Biblia Dios nos revela que estamos en el mundo, pero no somos del mundo, es decir, nuestro comportamiento, costumbres, actitudes e incluso pensamientos no pueden ser como la gran mayoría de la sociedad. Nuestra meta es salir de las malas costumbres de este mundo. Sin embargo, al estar insertados en este mismo sistema, ésta no es una meta sencilla. Por ello, parte de nuestro trabajo como cristianos es discernir y llevar a juicio todo comportamiento o filosofía que este mundo nos imparte, el cual es dirigido por este ser engañador. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿de qué manera aceptamos la forma de vida que trata de imponernos nuestro adversario? ¿Somos exigentes a la hora de examinar y discernir qué practicamos y qué no practicamos? ¿Qué sucede con respecto a nuestra disposición de aceptar las leyes de Dios como forma de vida?

La naturaleza humana nos arrastra al mismo comportamiento al que quiere llevarnos a reflexionar el orador que les describía en un comienzo: somos reticentes y poco meticulosos a la hora de incorporar la Palabra de Dios en nuestra vida, pero no somos tan reticentes al adaptarnos al entorno en donde vivimos. Es difícil y debemos batallar todos los días.

El mejor trabajo del gran enemigo es hacernos creer que él no está atacando directamente, que no es tan peligroso como para preocuparnos o que no estamos en una guerra espiritual. Pero la verdad es todo lo contrario: estamos en guerra cada día de nuestra vida cristiana en contra de un enemigo muy peligroso y nosotros somos sus blancos directos. Al poner esto en evidencia, lo primero que debemos pensar es que estamos en constante ataque y estos ataques no son evidentes, sino disfrazados en comportamientos, razonamientos y actitudes aparentemente inofensivas e incluso “buenas” para nosotros.

Este adversario también pone barreras en nuestra mente para que pongamos en duda la validez de la Biblia, lo que dicen los ministros de Dios, lo que nos instruyen nuestros padres acerca de Dios, lo que se nos dice en las fiestas santas y en los campamentos, la validez de la importancia de tener amigos dentro de la iglesia, etcétera.

No podemos ignorar la gran sutileza de este gran engañador que podría hacernos creer y aceptar formas de vivir tan absurdas como la que estos bromistas venden. Existe un gran peligro en ser fáciles consumidores de la forma de vivir del mundo y al mismo tiempo que nos cueste involucrarnos de manera abierta en todo lo que la Iglesia nos ofrece para estar cerca de Dios. Es preciso que en estos tiempos violentos hagamos lo opuesto: ser reticentes y cuidadosos en la manera que nos involucramos con el mundo y ser más abiertos y accesibles con la Iglesia y a lo que la Biblia nos dice.

Estamos en tiempos difíciles. Con esto no estoy diciendo que aceptemos cada palabra que se nos dice en la Iglesia sin llevarla a un estudio activo y consciente. Debemos ser como los cristianos del primer siglo en Berea: “Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

No nos dejemos engañar por este mundo y busquemos el apoyo de la Iglesia (ministros, adultos, amigos, literatura, etcétera) ante cualquier duda y prueba que enfrentemos, porque sólo así podremos hacer frente y oponernos a cualquier tipo de engaño, no importa lo perfecto que sea. Si no lo hacemos, puede costarnos la vida.

Por Pablo Seura

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